lunes, 7 de junio de 2010

El espíritu condechi en Jo’Burg.


Una ciudad está atrapada, formada, construida por sus contradicciones. Desde la perspectiva del mundo moderno y occidentalizado, cualquier entidad (llámese individuo, clase, etnia) está forjado por fuerzas contrarias y complementarias que le dan vida. El psicoanálisis y el materialismo histórico (que por cierto hoy amaneció de luto perdiendo a uno de sus grandes filósofos latinoamericanos, Bolívar Echeverría) dan cuenta de ello: libido y tanatos, burguesía y proletariado.

Johannesburgo no es la excepción. Los townships (negros) tienen sus contrapartes ricas y clasemedieras que las contradicen y complementan dialécticamente. Una de ellas es Melville. Localizado tan sólo a unos cuantos kilómetros del centro de la ciudad, el suburbio de Melville es una variación surafricana de nuestra pretensiosa colonia Condesa en la ciudad de México. Algo así como el Belgrano porteño con muchos “chetos” poblándolo y dándole vida.

La Calle 7 de Melville provoca: bares, cafés, pizzerías, lounges, libros. Cuatro cuadras que comprimen las aspiraciones pequeburguesas de los habitantes (casi todos blancos) de Jo’burg. Un poco de bohemia, que aún guardan algunos de sus locales comerciales, da la pelea en contra de la abrumadora sensación comercial y globalifílica del espacio. Es el lugar de los clichés, de los estereotipos, de la fabricación en masa disfrazada de arte “cool”. La pizzería tiene que sonar, oler y verse como Italia. Sólo que el Italia no suena, ni huele, ni se ve como en Melville. Esto es Disney.

Estoy por mi cuenta. Kendall no está conmigo, él no transita estos lugares, imagino. Voy en búsqueda de un lugar en donde ver el partido de los Bafana, Bafana en contra de los daneses. “¡Ah chinga!, ¿a poco los daneses van a jugar el mundial?”, me asombro ante la noticia, tan solo un día antes. Bueno, pues sí, los rivales de grupo del Tri y anfitriones de la Copa jugarán contra los daneses. Yo divago un poco y recuerdo haber visto, apenas unas semanas atrás el Anticristo de Lars von Trier. Tremenda película del director danés, en la cual William Dafoe protagoniza el papel de un psicoterapeuta con problemas de pareja (¿qué sorpresa?) y al final su mujer le atornilla una rueda de piedra en la pierna. Formidable idea para detener los ataques surafricano, francés y uruguayo… y de pronto regreso a la realidad. “Qué digresión tan elemental y estúpida. Este es un blog antropológico, no un programa de cotilleo de TV Azteca”, me reprocho.

Sigo tanteando el terreno. Todo parece tan sobrecargado de... Sí, de ese ambiente, de ese espíritu condechi (de la Colonia Condesa, otra vez), del mundo “fresa” y de la pose. De pronto: “Café Mexicho”. Afuera una bandera mexicana colgada. La puerta, como la de una película del viejo oeste, flanqueada por dos barritas en las cuales se encuentran tomando cervezas sendas parejas. Entro sólo por curiosidad. En la barra un hombre atiende: “Hola. ¿Un bar mexicano?”, le pregunto. “Sí, sí”, me dice. “Qué bien. Yo soy mexicano”, le reviro. “Welcome home”, me responde. En realidad he entrado por una cerveza (Corona, de preferencia) y quisiera ver el juego de los Bafana, Bafana de forma relajada, que está por empezar, sin pensar mucho en la “insolvencia cultural” de este espacio. Pero no puedo resistirme y la curiosidad me gana. Inmediatamente me pongo a husmear en “mi casa”. Las sospechas se confirman: la impostura se palpa con fuerza. “¿Qué demonios tiene que ver Clint Eastwood con México?”, me pregunto. Está bien: El Bueno, El Malo y El Feo, ¿y eso justifica en póster de esta película pegado en una de las paredes como representante de la cultura nacional? Al fondo aparece Frida ¿alguien pensaba que no? Pero ni un Pedrito: ni Infante, ni Armendáriz, ni Vargas. Vaya ni siquiera el Fernández. Miro con sorpresa otro cartel (“si por lo menas fuera el de Juárez o del Golfo”, me autocomento) de Los Siete Magníficos. México mirado por la lupa de Hollywood; y de un Hollywood ni tan actualizado. Sombreros, cactos, huaraches y zarapes y hasta ahí llega nuestro país. Nada más estaba esperando el momento en que por el suelo apareciera un ratoncito con sombrero gritando “¡Yepa, yepa, arriba!” y un par de cuervos sobrevolando dentro del local buscando “un chapulinzote”. Eso hubiese completado el cuadro de manera perfecta.

Esto no es todo, ni lo mejor. Como es de esperarse, las bebidas corren a la cuenta de Corona y José Cuervo. “Cuervo Nation. República de Cuervo, a state of mind”, reza el eslogan publicitario de la empresa tequilera. Diageo, poderosa transnacional que controla las marcas Smirnoff, Johnny Walker, Guinness y Baileys, hace lo propio con José Cuervo. De esta manera, el tequila, en su forma industrial y de mercado planetario, se planta como el embajador más fuerte de la “cultura” mexicana. Ahí, está también Corona, omnipresente, como presume allá en nuestras tierras: “De México para el mundo”. Vaya que sí. En fin, basta de tanto estrés. “Una Corona, please”, digo con cierto tono de seriedad. “Sí. Son R25”. Ah, caray, casi $50, ni modo, ya la abrió, me la tomaré.

Salgo y continúo mi recorrido. Avanzo unas cuadras más y me topo con la Main St. En la esquina, dos teporochos (vagabundos bebedores, para los que no conozcan el término) me interceptan. Uno de ellos me saluda de mano y no sé qué me dice. No me suelta y yo sonrío lo más amablemente que puedo. Percibo que lo que quiere, but of course, es dinero, pero yo juego mi carta de turista y sigo, zafándome de su apretón. Continúo mi camino y ellos ríen y comentan algo entre sí. Hay un club nocturno (que ya está abierto de día), luego un cajero automático y finalmente un Pub (bar) con la televisión prendida y el juego recién comenzado. De aquí soy, me digo.

El lugar es pequeño y oscuro. La barra de madera, al igual que las escaleras que llevan a la especie de tapanco (barbacoa, le dirían los cubanos) que funge de segundo nivel. Una mujer y dos hombres sentados a la barra. La tele a un costado de ésta. Todos ven el juego excepto un hombre que opta por leer el periódico. Después me enteraré que es el dueño del local. “Una cerveza, por favor”, ordeno con cierta autoridad. “¿Cuál?”. Mi autoridad se viene abajo. No conozco las marcas. Eso lo debí de haber investigado antes. “La que sea”, digo encogiendo los hombros. El barman me mira y entonces voltea a ver al hombre que lee el periódico, quien le dice: “Dale una Castel”. Y ahí está la Castel frente a mí. “13 rands”, me dice el barman. El hombre con el periódico me mira. “¿Se paga por adelantado?”, pregunto. “No siempre. Te podemos abrir una cuenta”, plantea. “Está bien. Ábranme una cuenta”, le reviro.

Todos son negros y más comienzan a llegar. De pronto un par de blanquitos (muy jóvenes) entran al bar y piden un par de cervezas. Vienen con la playera de Bafana, Bafana. La mujer que está sentada a mi lado, una cincuentona desdentada está muy pendiente del juego. Pero el partido es demasiado malo y prácticamente no fluye, se queda atorado en el medio campo. “¿De dónde eres?”, me pregunta. “De México”, le respondo. “¿Qué idioma hablan en México?”, continúa. “Español”, le digo. “¿Cómo se dice welcome en español?”, insiste. “Bienvenido”, le traduzco. “Ah pues bienvenido”, me dice con una sonrisa y levantando el vaso.

El partido sigue igual de malo. En uno que otro remedo de ataque la mujer brinca y pide que tiren a gol. Se lamenta de que así no sea. Conoce los nombres de todos y cada uno de los jugadores. De repente, para sí misma, comienza a entonar una especie de canto mientras clava la mirada al televisor. No sé si está pidiendo algo de forma espiritual o simplemente sigue una melodía de apoyo al equipo. Seguimos platicando un poco. Ella piensa que México está en España (por lo del español) y le tengo que explicar que eso no es así. La plática se vuelve más amable y se incorporan otros parroquianos. Todos esperan con mucha emoción el partido inaugural. Me dicen que el Tri perderá ante los Bafana. Yo, como buen aficionado mexicano que ha perdido completamente la fe en la selección, simplemente asiento. Las cervezas siguen y casi al final del encuentro un pase de Pinnar a Katlego Mphela perfora la defensiva danesa. Éste dispara cruzado y vence al portero danés. Como con resorte, todos brincan y comienzan a gritar: “Wu, wu wu, wuuuuuu, ¡laduma!, ¡laduma!”, grita la mujer muy emocionada, mientras palmea mi espalda. Laduma es gol en zulu.

El partido acaba y comienza uno de rugby entre Galés y los Springbrocks (el equipo surafricano). Nadie se mueve. Un par de blancos más entra al pub. Yo no entiendo del todo las reglas del rugby así que me concentro en un par de cervezas más. El partido de rugby continúa y al final los Springbrock ganan. El dueño del lugar me dice: “El rugby es el deporte preferido de los blancos, junto con el críquet. El futbol es para los negros”. Yo tomo mi última cerveza, pago la cuenta y me voy.

sábado, 5 de junio de 2010

En Soweto, en 1976 rechazaron la idea de ser educados en la lengua del opresor.

Soweto, como les decía en la entrega anterior, es el más grande de los llamados townships surafricanos. Cerca de un millón de habitantes. Por la carretera que corre desde el centro de Johannesburgo y conecta con Soweto es posible observar muchas de las casas que le dan forma a este especial lugar de Jo’burg.
Esta zona, me comentan en la Universidad de Wits, es terra incognita para muchos jo’burgueses. En uno de los comentarios que amable e inteligentemente han hecho en este blog, me piden que hable del miedo como dispositivo de control. Bueno, el apartheid construyó un aparato de control (que todavía se percibe en la etapa “democrática”) basado, en buena medida, sobre el miedo. Sus efectos son palpables: los townships eminentemente negros en SA, fueron objetivaciones contundentes del control y de la segregación impuesta por la población blanca sobre el otro (en este caso de la población negra), a través de la creación de una imagen atemorizante y peligrosa de estos últimos. Aunque debo decir que el apartheid no se reduce a este fenómeno. En fin, este miedo impuesto a muchos surafricanos se ve reflejado con claridad en el hecho de que Soweto sigue siendo comprendido e idealizado, en buena medida, como el lugar de los peligros urbanos por excelencia. Esto me recuerda (y perdonen si de repente abuso de estas comparaciones, pero ¿de qué otra manera se puede traducir esto a nuestra cultura?) las idealizaciones temerosas que muchos espacios de las grandes ciudades latinoamericanas generan: ahí tenemos algunas colonias de Iztapalapa, en la ciudad de México, por citar sólo un ejemplo, las cuales desbordan las fantasías y los miedos de los (esos sí) enclaustrados clasemedieros chilangos.

Pero Soweto me atrapa. Habré de regresar varias veces a este lugar durante mi estancia. A diferencia de Greenside, suburbio “chic” en el que me hospedo, Soweto es un espacio de enorme vitalidad humana. Las calles están habitadas tanto como las casas. De hecho, puedo decir que aquí sí me sentí como un extraño. Son precisamente estos efectos paradójicos del racismo. Un “blanco” caminando por Soweto… bueno. Las miradas se resbalan sobre mí; ninguna agresivamente pero todas con cierta intriga. No es que los turistas no vengan por acá. No, el hecho es que no caminan mucho por acá. Y (¿será?) lo más sorprendente: los blancos nativos no vienen por estos rumbos, o por lo menos no vi ninguno.

Kendall me sigue guiando. Dice que Soweto es un lugar para caminarse y por lo tanto, simplemente seguimos haciéndolo, sin rumbo fijo. Llegamos a una intersección callejera. De un lado, un paradero de micros. Como ya les comenté, no hay señal alguna que indique el lugar de destino de estos; todo es por medio de un sistema de señales manuales que yo a penas empiezo a entender. Kendall me dice: “Bueno aquí la señal más importante es el dedo índice apuntando hacia arriba”, y me enseña cómo hacerlo. “Esto significa Johannesburgo. Las demás señales son para otras partes, pero no me las sé todas y menos las de aquí”, remata. Al menos ya sé cómo llegar al centro de Jo’Burg.

Del otro lado de la calle, un pequeño mercado. También me han pedido en los comentarios al blog que escriba al respecto. Bueno, este mercadito callejero vende algunas frutas y vegetales que no difieren mucho de las de allá. Hay que recordar que los surafricanos también fueron colonizados por los europeos, por lo que pensar que toda la comida es exótica y extraña es incorrecto. No soy un experto, pero las papas y las coles que ahí se venden son muy parecidas a las de cualquier sobreruedas (mercado ambulante) de la ciudad de México.

Tal vez, algo que puede ser muy llamativo de este pequeño mercado, especialmente a los estudiosos (que abundan, por cierto) del fenómeno migratorio, es que intuí que los puestos de baratijas eléctricas (pilas, cargadores para celulares, etc.) debían ser atendidos por extranjeros. Kendall me confirmó la sospecha. “Sí son de otros países africanos: Mozambique, Zimbabwe; Congo, incluso”, me dice. Ellos fueron el principal objetivo de los ataques xenofóbicos en mayo de 2008. Acusados de quitar empleos, utilizar casas y cometer crímenes, los extranjeros (negros) en Sur África (SA) fueron literalmente acribillados, en lo que se conoció como los polgroms de 2008. Sesenta y dos extranjeros indocumentados fueron asesinados en una escalada de violencia por todo el país. ¿Efectos perturbadores del apartheid o simples rebotes de la precariedad económica mundial?

Y la paradoja más sensible de todo esto es que a unas cuantas cuadras de ahí se encuentra el Museo “Hector Pieterson”. Memorial que abiertamente hace pensar en el inaugurado en Tlatelolco, por el terrible desenlace del 68 mexicano. Digamos que el concepto (para quienes conocen el que se ubica allá en el edificio que albergaba la SRE en la Plaza de las Tres Culturas) es formalmente el mismo: fotografías, cédulas informativas y videos testimoniales repitiéndose incesantemente en pantallas dispuestas ex profeso, aderezadas con material “original” de aquellos días de revuelta y elaboraciones artísticas ad hoc.

El Museo “Hector Pieterson” es un monumento museográfico que rememora y da cuenta de las protestas estudiantiles de 1976 en SA, iniciadas formalmente en Soweto y que dan pauta a movilizaciones sociales más amplias y son consideradas como fundamentales en la lucha contemporánea antiapartheid. Para 1974, el régimen supremacista blanco acepta la propuesta de los afrikaners (descendientes directos de los holandeses, extremadamente chovinistas, racistas y antibritánicos, entre otras linduras) de que la educación pública en los barrios negros fuese 50-50 % en inglés y afrikaan (lenguaje de los afrikaners), respectivamente. El falaz argumento se puede sintetizar así: si los afrikaners pagaban impuestos como los descendientes anglófonos y estos impuestos financiaban la educación de los negros ¿por qué sólo la educación pública se ofrecía en inglés? Movieron su poder político para que su lengua fuese tan colonial como la inglesa.

La propuesta es aprobada y se convierte en ley. La respuesta en los guetos negros es contundente: no aceptarán la imposición de recibir educación en esa lengua. Los estudiantes se organizan y el 16 de junio de 1976 marchan valiente y pacíficamente, a pesar de la prohibición y las amenazas en su contra. Muchos de ellos son niños de primarias y secundarias, todos pobres, todos negros. Los supremacistas blancos responden con fuego. Hector Pieterson, un niño de sólo 13 años cae abatido por las balas de la policías defensora del apartheid. Su muerte se convierte en símbolo de la lucha ya que momentos después del impacto de bala, su hermana y un joven amigo levantan el cuerpo. La imagen es captada e inmortalizada por la cámara de Sam Mzima y dará la vuelta al mundo. La foto será uno de los grandes símbolos de la liberación negra en África e icono mundial del movimiento antiapartheid.

Afuera del museo, como en cualquier buen paseo turístico, artesanías “tradicionales” surafricanas. Los precios son moderados. No compro nada. Kendall y yo estamos hambrientos, así que nos lanzamos a la búsqueda de un lugar dónde saciarla. Después de un par de cuadras, finalmente decidimos probar en un puesto callejero. Venden pollo o carne de res marinada en una buena salsa y frita en un sartén eléctrico. Dos hombres atienden el puesto. Muy amables. Se sorprenden de mi presencia. “Soy mexicano”, les digo en mi chilango inglés. “Guau, qué bien que vienes por acá”, me dice uno de ellos. “Te va a gustar esta comida”, asegura. No está mal. De hecho está bastante bien. Es extraño, pero junto al pollo y un poco de puré de papa me sirven una salsa idéntica al “pico de gallo” mexicano, con todo y su chile verde. Me siento como en casa. Un poco de charla y de broma en relación al partido entre Bafana, Bafana y el (ahora, después del triunfo sobre Italia, poderosísimo) Tri. Que si México gana, que si SA gana y bla, bla, bla. Me dicen que se sienten un poco consternados de que el gobierno diga que Soweto no es una zona turística y que es muy peligros. Ellos, al igual que yo, piensan que Soweto es un lugar muy vivo y que debería ser valorado como tal.

Es tarde y el sol está por ponerse. Kendall y yo tenemos que regresar, así que nos despedimos de nuestros temporales y amables anfitriones. Pagamos la cuenta y de nuevo al complicado mundo del transporte público surafricano. Tomamos un micro, haciendo la señal indicada hacia el centro de Jo’burg. Pagamos el pasaje (en otra entrega relataré los pormenores de esta sencilla, pero ilustrativa práctica de la vida cotidiana en la ciudad) y a los pocos minutos comienza una discusión entre el chofer y algunos pasajeros. El intercambio verbal, en zulu, es fuerte pero nunca al punto de la agresión física. Yo no entiendo nada, pero intuyo que el problema es el dinero. Parece que a dos pasajeros les falta dienro de cambio. El chofer y unos cuatro pasajeros discuten y ríen nerviosamente durante veinte minutos. Los otros pasajeros sólo sonríen y menean sus cabezas, como aprobando uno u otro argumento. No llegana ningún acuerdo y al final, todos descendemos en la central de micros. Es hora de tomar el último micro del día. Yo me despido de Kendall y abordo un micro más, el primero que tomo por mi cuenta.

miércoles, 2 de junio de 2010

Mi primer “baño de pueblo”.

No es que no haya estado en Johannesburgo. Más bien, es esa sensación que aparece obsesivamente a los etnógrafos y sociólogos (tal vez no a todos) de “estar con el pueblo”. Es decir, me he estado quedado (y de hecho así será durante los próximos dos meses) en casa del amable Prof. Robert Thornton, otro antropólogo surafricano, que francamente vive muy bien y tiene una bellísima casa. Siendo sincero, me encantaría tener una casita como ésta. Un lindo jardín al frente, un chalet después y un bello y bondadoso patio en la parte trasera, en cuyo costado ¿oeste? (esto de la orientación en el cono sur es un poco diferente) se encuentra un pequeño departamento (qué digo pequeño, muchos ya lo quisiéramos, incluso en Pantitlán).

La casa se encuentra ubicada en el suburbio de Greenside. Parece que no es precisamente el más “sofisticado” ni el más chic de todos en Johannesburgo, pero digamos que bien podría competir con las Lomas o el Pedregal, allá por chilangolandia. Todas las casas elevan grandes muros en sus respectivos perímetros, lo cual va en contra de la tradición anglosajona y holandesa y hace que se asemeje más aún a una colonia mexicana. En su defecto, las casas tienen sofisticados sistemas de alarmas y cercas electrificadas que desde las puertas de entrada lanzan la amena: “Peligro. Alto voltaje. Respuesta armada inmediata”.

En Greenside, las calles no son propiamente peatonales, aunque tienen banquetas, por supuesto. Circulan por sus calles (eso sí, por el lado izquierdo, en pleno respeto a la tradición británica) camionetas Land Rovers o Mitsubishi y bastantes Mercedes, Audis y BMW como para poner pelos de punta de emoción a cualquier vago mexicano de esos que se dedican a zafar y embolsarse los espejos laterales. Digamos que se ve que la gente de estos lares de la ciudad vive bien. Pero con miedo.

Ayer, el primer día de junio finalmente salí a darme ese “baño de pueblo” que tanta angustia me estuvo generando su espera. El Prof. Vawda pasó por mí a las 9 de la mañana. Yo todavía no puedo acceder al campus de Wits ya que, como han de suponer, se encuentra cercado y se requiere de una credencial para ingresar a él; dicha credencial no me ha sido entregada. Los compañeros de la Ibero me entenderán muy bien. A los de la UNAM, el Poli o la UAM les puede sonar un poco fastidioso. El Dr. Vawda dice que el campus era abierto hasta hace algunos años, pero que muchos alumnos y profesores ingresaban armados a él, además de que los asaltos y robos de automóviles se incrementaron sensiblemente. La opción: cercar el campus y restringir la entrada. No voy a debatir el asunto.

Ya en el campus, especialmente en el Departamento de Antropología, en donde me han ofrecido un modesto, eficiente y frío cubículo, esperé la llegada de Kendall, mi guía. Kendall es un treintañero de Zimbabwe, maestro y postulante al doctorado en antropología social. Mide cerca de 1.50 m. y usa rastas. Es diabético, igual que yo, según su propia confesión. Realizó para su maestría un estudio sobre la xenofobia hacia los inmigrantes de países vecinos que llegan a Suráfrica (SA). Muy peculiar la forma de abordarlo: estudió los criterios que establecen los surafricanos o surafricanas para entablar relaciones amorosas con los forasteros. El estudio lo realizó en un township (especie de colonia popular) llamado Alexandra, al cual iré el próximo viernes.

Bueno, ni Kendall ni yo teníamos un plan especial. Como buenos etnógrafos, sólo nos dejamos llevar por las circunstancias. Antes de salir de Wits, nuevamente me llovieron las advertencias. “No lleves la mochila. Mejor toma la cámara fotográfica y métela en tus bolsillos. No te lleves todo el dinero. Máximo R200”. El Prof. Vawda se veía un poco preocupado por mi salida del campus. Kendall lo tranquilizó. Finalmente, me encontré con la gran ciudad, a pie, como debe ser. Kendall con su peculiar acento, me señalaba los lugares por los que caminábamos. Primero cruzamos el puente “Nelson Mandela” (¿qué raro no?), el cual pasa por encima de la estación de trenes “Park Station” con sus cuarenta y dos vías alineadas una junto a la otra. El puente es colgante y es uno de los intentos iniciales por reconvertir, al estilo de los centros urbanos europeos y gringos, una de las partes centrales de Jo’burg. De un lado, la Universidad de Wits y del otro el “cool” Newtown, centro de la actividad cultural y recreativa de la ciudad.

Al lado de Newtown, la plaza Mary “Zapapico” Fitzgerald (considerada la primer sindicalista minera sudafricana durante la segunda década del siglo XX), lugar en el que se montará el más grande (único “oficial” de la FIFA) de los “fan parks” en Johannesburgo. A uno de sus costados, el Museo de África, un pobre y poco interesante museo que combina la antropología con el arte. En un extremo de la plaza, una especie de muñeco de Lego fue armado con cientos de cajas plásticas de Coca-Cola. Del otro estará una pantalla gigante y el equipo de sonido. Los patrocinios corporativos no se harán esperar en este parque.

Kendall me sugirió que fuésemos a conocer el “Soccer City”, el nuevo y costoso estadio en el que se jugarán los partidos inaugural y final de la Copa del Mundo. Cruzamos por el centro de la ciudad, la cual tiene una gran actividad comercial y de servicios. Muchos elementos visuales dan cuenta del mundial: anuncios, banderas y muchos comercios vendiendo la camiseta de los Bafana, Bafana, el equipo nacional surafricano y las ubicuas y ruidosas vuvuzelas, que son las trompetillas plásticas que utilizan los aficionados surafricanos para alentar a los equipos de futbol. Los centros comerciales atiborrados de publicidad y vendimia mundialista. Uno de los edificios más importantes del centro con los logos de Nike flanqueando sus costados; otro más, la emblemática Torre Hillbrow, ensartando un gigantesco balón de fútbol.

De ahí, a buscar los taxis colectivos, tan parecidos a las combis y camionetas usadas en México. Pero si los mexicanos nos quejamos del pobre e insufrible servicio que por allá se ofrece, sólo hay que conocer el de Jo’burg. De entrada, las camionetas no cuentan con señalización alguna: ni número de ruta, ni letrero alguno que digan a dónde van y de dónde vienen. Hay que preguntar, pero eso no garantiza nada. Todos los “encargados” (me recuerdan al “Papas”, por allá de Tacubaya, controlador del tráfico rutero, altamente sofisticado si lo comparamos con sus contrapartes surafricanas) dicen sí y señalan indistintamente a las filas. Kendall no se atreve muy bien a preguntar y se deja llevar un poco por la inercia, un tanto como yo. Una fila primero y abordamos el micro. Un minuto después, abajo. Esa no era. Otra fila. El encargado grita y nos regaña porque no avanzamos. Kendall decide la retirada: “Mejor nos vamos en autobús. Este hombre es un gruñón”, me dice.

Una cuadra adelante, ingresamos a la estación de una especie de Metrobús. Ni más ni menos que de a R8 (casi $13, por cabeza) el viaje. Una fila más dentro de la estación. Llega el autobús y ninguno de los de adelante ingresa. Los de atrás sí. Kendall nuevamente se muestra sorprendido. Pregunta: “¿A Soccer City?”. “Sí, sí, este va”, le contestan. Subimos. Él sonríe y me mira: “No te preocupes, yo conozco todos los rincones de la ciudad”. Simplemente pienso: “Menos mal”.

El autobús avanza entre las calles y finalmente ingresa a lo que yo consideraría como las partes periféricas de la ciudad, por el lado oeste. Cruzamos grandes descampados. Un poco más al frente, del lado oeste, voluminosas naves industriales y bodegas acompañan nuestro viaje. “¿La zona industrial?”, pregunto. “Sí, así es”, me responde. Quince minutos después, junto a los artificiales e imponentes cerros (producto de los desperdicios sacados de las minas áureas de la región), aparece, como uno más de ellos, el imponente “Soccer City”. Nos aproximamos a la estación vecina. Sorpresa. El autobús no hace parada. “No te preocupes. Cuando lleguemos a Soweto regresamos”, me dice Kendall. Yo no muestro mucho interés, ya que las afueras del estadio siguen bajo construcción y mostrando los últimos arreglos, por lo que pienso que, por lo pronto, no tiene mayor chiste ir ahí.

Seguimos nuestro rumbo a Soweto, mundialmente conocido porque fue precisamente ahí donde el movimiento contemporáneo antiapartheid cobró relevancia. Pero esta historia la dejaré para más adelante.

lunes, 31 de mayo de 2010

Las primeras impresiones desde Suráfrica.

Antes que nada quiero comentar que he decidido utilizar Suráfrica en lugar de Sudáfrica, simplemente porque el segundo sustantivo tiene un fuerte tufo a anglicismo que bien se puede evitar. En fin, espero sus comentarios al respecto.

Finalmente llegué a Suráfrica (SA). Un día y medio después de mi salida del aeropuerto de la ciudad de México arribé al de Johannesburgo, vía Paris que desafortunadamente no pude visitar. Largo viaje, aunque de cierta manera, si uno se pone a pensar qué tan lejos se podía llegar, tan sólo cien años atrás, después de viajar un día y medio… bueno, talvez ahora andaría por Puebla. Y no; estoy en la lejana ciudad (no capital) de Johannesburgo, a 14’500 km. de distancia de la ciudad de México. Menciono que Jo’burg (como algunos le dicen a esta ciudad) no es capital de SA, ya que es fácil pensarlo así.

De hecho, hay tres capitales: Pretoria, Ciudad del Cabo y Bloemfontein. La primera, residencia del poder ejecutivo y, de facto, capital de la República. La segunda, sede del poder legislativo y la tercera, but of course, del judicial. Johannesburgo, no obstante, es la sede del poder más importante: la del capital financiero e industrial. Aquí residen los poderes de facto, incluyendo los medios de comunicación, la casa de bolsa, los cuarteles de las grandes corporaciones (como las de la cervecera Miller) y de las grandes universidades (Witswatersrand y la de SA).

La llegada al aeropuerto internacional “O. R. Tambo” anuncia la inminente inauguración del mundial. Su propia remodelación y ampliación da cuenta de ello. Grandes espectaculares (patrocinados por el capital corporativo, revestido de altruista, especialmente de Coca-Cola) dan la bienvenida a SA en varios idiomas, incluyendo el castellano. El uso abigarrado de colores es el sino publicitario de la casa, tal cual como la bandera del país anfitrión: verde, blanco, rojo, azul, negro y amarillo. ¿Símbolo del multiculturalismo surafricano? Probablemente.

Una vez que fui recibido por mi cordial anfitrión, el Jefe de Departamento de Antropología de la Universidad de Witswatersrand (segunda en importancia del país), Dr. Shahid Vawda, salimos del aeropuerto y finalmente me encontré con la gran ciudad. Casi de inmediato, comenzaron las sugerencias: “No vayas por aquí, no vayas por acá…”. Digamos que me sentí un poco como se deben de sentir los visitantes que pasan por la ciudad de México: sobreadvertidos y en permanente alerta.

Johannesburgo es una ciudad automotorizada. Sé que en primera instancia esto no cuadra con el perfil idealizado y exótico que muchos mexicanos nos hacemos de cualquier parte de África. Sin embargo, amplias y grandes vías al estilo gringo cruzan la ciudad, atestadas por cientos de miles de automóviles. Prácticamente es imposible ver autobuses por las calles y mucho menos una bicicleta. Tampoco, por lo menos por los lugares en que he transitado, es posible observar transeúntes en grandes cantidades. Existe una especie de combis de transporte colectivo muy parecidas a las que se utilizan en México, pero no es fácil ubicarlas y éstas no cuentan con números de ruta ni letreros que indiquen con claridad de dónde vienen y a dónde van. Y nuevamente, las advertencias sobre el uso de estos llamados “taxis” me llueven por doquier: “No son seguros y menos para los extranjeros”, me dice una profesora de Wits, la universidad. “Aquí casi todo se mueve por automóvil particular. Te va a ser difícil moverte por la ciudad. Es muy complicado Johannesburgo en cuanto a transporte. Además es peligroso, incluso para los automovilistas, principalmente las mujeres. Acá debes viajar con el bolso oculto en auto, ya que en cualquier momento te rompen el cristal y te asaltan. Los taxis, bueno, yo no los uso y no sé cómo moverme en ellos, pero no son muy recomendables. Toma mi número de celular y cómprate uno; es indispensable que cargues uno. Es por tu seguridad”, remata la misma profesora.

Por otro lado, la ciudad está infestada de banderas de los países participantes de la copa. Cientos de automóviles llevan banderines surafricanos en sus ventanillas o espejos retrovisores, recordando la inminencia del evento.

Al final del día, después de conocer el campus de la Universidad y realizar compras de supermercado, me presentan a Kendall, un pequeño hombre negro de rastas y estudiante de antropología. Él será mi guía en los próximos días. Me tranquiliza y dice: “No es cierto. La ciudad no es así. Hay crimen, sí, lo hay. Igual que todos lados ¿no es cierto? Pero no es así, Johannesburgo es amable. Ya lo conocerás”, me dice.

lunes, 10 de mayo de 2010

Bienvenidos a este proyecto.

Estimados amig@s y compañer@s:

Los invito, a partir de esta semana (del 10 de mayo del 2010), a seguir este espacio de reflexión sociológica y antropológica en torno al Mundial de fútbol en Suráfrica. Gracias al apoyo de la Universidad Iberoamericana y del CONACyT, realizaré una estancia de investigación de dos meses en tierras del país que albergará este evento entre el 11 de junio y el 11 de julio.

Con este espacio pretendo comunicarme con ustedes a través del envío de crónicas y relatos sobre mis experiencias en Suráfrica durante el tiempo del Mundial. No serán, por supuesto, crónicas periodísticas, sino apuntes realtivos a las múltiples conexiones que el fenómeno futbolístico guarda con otros aspectos de la vida social. Reflexionaré junto a ustedes acerca del negocio, las masculinidades, el poder político, la corporalidad, el espacio social, el espacio simbólico, entre otros aspectos vinculados al futbol, en general, y al Mundial, en especial.

La Universidad Iberoamericana ha impulsado dos proyectos de investigación social sobre el fenómeno del futbol en nuestro país. Afortunadamente yo formo parte de ambos. El primero, denominado “Identidades, prácticas y representaciones de los aficionados al futbol en México: un análisis multiregional", ha encaminado sus esfuerzos hacia el entendimiento e interpretación de la vida social y cultural de los aficionados al futbol profesional mexicano. En varias ciudades, equipos de trabajo e investigadores individuales, nos hemos esforzado en analizar las formas en que los aficionados (especialmente los organizados en porras y en barras) viven su adscripción futbolera. Yo me he especializado en el caso de los aficionados americanistas y pronto habré de presentar los resultados de mi investigación en mi tesis doctoral en antropología social.

El segundo proyecto, también en marcha: "La Selección Mexicana de futbol y la construcción del nosotros en tiempos de crisis e incertidumbre: un análisis de la oferta mediática, el discurso nacionalista y las prácticas de consumo durante el Mundial de Sudáfrica 2010" es el que me llevará a esas lejanas latitudes. El chovinismo de derecha y la reivindicación nacionalista son dos discursos que afianzan ideas e ideales sobre la mexicanidad, en franca oposición. Sin embargo, las prácticas de la gente no siempre se corresponden a los discursos políticos. Las prácticas y las actividades que se generan alrededor del futbol dan cuenta de ello: reivindicaciones simbólicas (de los colores patrios, la bandera), de los héroes nacionales y la invención y reinvención de la historia están en juego. Tanto los detenetadores del poder político y económico, como los grupos subalternos entran en la disputa: unos con el afán de la ganancia capitalista y en franco desafío a la mínima coherencia historiográfica; los otros reinventando, en tiempos de carencia económica e incertidumbre política y social, los símbolos que le den sentido a la nación, incluso en estas dimensiones tan aparentemente banales y nimias como las del futbol.

Estaré en búsqueda de esos elementos sutiles y casi invisibles de las prácticas y de los discursos de los mexicanos en Suráfrica, de aquellos que pretendida o realmente reafirmen esa mexicanidad, entelequia difusa y evanescente.

Ustedes serán los mejores críticos y los mejores acompañantes de esta experiencia, que a partir de ya, es colectiva.